La expansión del café en Centro y Suramérica tuvo como fuerzas motoras dos historias de amorI

Los comerciantes de Yemen fueron los primeros en cultivar formalmente el café en su país. Las plantas fueron llevadas allí por pobladores etíopes.

Hugo Sabogal

El café es africano de nacimiento.

Es árabe por haber sido Yemen, en el siglo XVI, el primer punto de cultivo, y porque allí también empezó a socializarse su consumo y a perfeccionarse su preparación.

También es europeo, porque el Viejo Continente impulsó su evolución, refinamiento y occidentalización.

Y, desde el siglo XVIII, es americano, por aquellas cosas del amor.

Desde su transición de arbusto silvestre, en Etiopía, a plantación agrícola y a protagonista comercial en el Medio Oriente, el pequeño grano–que hoy constituye la segunda materia prima más transada del mundo– ha sido objeto de intrigas, acaparamientos, duelos comerciales, robos a hurtadillas, esclavitud, fuente de subsistencia para labriegos necesitados y chispa de confrontaciones geopolíticas entre las potencias marítimas.

Budan, el propagador en la India

Baba Budán contrabandeó el café a India, donde estableció grandes cultivos.

En 1670, por el puerto de Mocha, en Yemen, Baba Budan, un sacerdote Sufi indio sacó a escondidas, en sus barbas, siete granos verdes de café, tras haber concluido su peregrinaje a la Meca. 

Qué gran golpe. Para los yemenitas era cuestión de honor defender sus existencias de café y por esa misma razón tostaba o cocía todos sus granos para evitar que florecieran en 

otras tierras.

Budan sembró las semillas en el sur de la India y en un tiempo relativamente corto, convirtió a esta zona de su país en un importante centro de producción y de comercio. Los negocios de café se concentraron en el puerto sureño de Malabar.

Desde Malabar, precisamente, los neerlandeses, quienes habían intentado plantar café yemenita en Holanda –y fracasado, por razones climáticas–, tomaron control de dicho puerto en 1663 y desde allí enviaron plantas y semillas a la isla de Java y a otros territorios indonesios del Océano Índico, como Celébes, Timor y Bali. 

En 1711, se despachó el primer cargamento de café de Java a Amsterdam, junto con un cafeto joven. Esta vez, lo entregaron al jardín botánico de la capital holandesa, desde donde comenzaron a ofrendarse semillas y plántulas a los principales centros botánicos del Viejo Continente y a varios silos de conservación privados. No en vano, Amsterdam fue la sede de la primera bolsa mundial de café. 

Con la producción dominada claramente por los europeos en el Océano Índico –sacando del camino a yemenitas y a otomanos, sus anteriores protectores–, la mira comenzó a ponerse en las colonias europeas situadas al otro lado del Atlántico. Sin duda, sus climas tropicales prometían seguras riquezas.

Un regalo para el rey

Londres fue una de las principales europeas donde el café entró con fuerza.

En 1714, se dio un paso trascendental cuando fue el Burgomaestre de Amsterdam le ofreció como regalo un cafeto joven al rey Luis XIV, quien ordenó transferirlo al Jardin des Plants de Paris. 

A nadie se le cruzo por la cabeza, en ese momento, que el noble ejemplar se convertiría en el engendro de la expansión cafetera por Centroamérica, Suramérica, México y las Antillas.

Francia, sin embargo, ya había puesto pie firme en el negocio con sus cultivos en la isla de Bourbon (hoy Reunión), localizada en el Archipiélago de Mauritania, no lejos de la costa oriental africana. Lo hicieron con material comprado a comerciantes yemenitas, a espaldas de los emperadores otomanos, que prohibían cualquier transacción con café.

Ahora a Francia le faltaba ampliar su dominio en las Antillas (en Haití y Martinica, por ejemplo) en y otros puntos del territorio americano. Pero eso era cuestión de tiempo.

El infante De Clieu

El infante De Clieu transportó el primer cafeto a Martinica. Durante el largo viaje, Prefirió cederle su provisión de agua a la planta.

El gran paso lo dio, aparentemente de manera solitaria, un joven oficial naval, perteneciente a una familia normanda de abolengo. Se llamaba Gabriel Mathieu De Clieu, a quien se le había encomendado el cargo de oficial de infantería en Martinica.

Como atinadamente lo comentó en 1922 el autor norteamericano William H. Ukers, en su libro All About Coffee, las acciones de este joven militar se convirtieron “en el capítulo más romántico de la expansión del café por el mundo”.

Durante un viaje personal a París, de Clieu preparó una estrategia para trasladar varios esquejes a Martinica e iniciar allí un cultivo de café. Para ello tenía que contar con la anuencia del Rey Luis XV, pero este se negó, arguyendo razones de Estado.

De Cliue sedujo con su historia a una dama palaciega, quien ejercía una enorme influencia (romántica, dicen muchos autores) sobre Monsieur Pierre de Chirac, entonces médico de la corte y centinela de las riquezas botánicas del reino. De Chirac no tuvo más remedio que atender el pedido y autorizó a De Clieu para seleccionar y dejar varios especímenes en un lugar reservado del jardín botánico. 

En el pasado, habían fracasado varios intentos de transportar plantas jóvenes o adultas por las rutas marítimas.

Entonces, justo antes de emprender su retorno a Martinica, De Clieu plantó la semilla en una pequeña matera, protegiéndola con una cubierta de vidrio para facilitar su desarrollo vegetativo durante una difícil odisea, que incluía largas jornadas de intenso frío o calor, ventiscas y temporales, y prolongados y bruscos vaivenes. 

En 1723, De Clieu partió del puerto francés de Nantes, sin sospechar las intensas angustias que soportaría durante el trayecto. Una de ellas se la asestó un envidioso viajero, quien intentó arrebatarle el pequeño arbusto. En la refriega, el hombre se quedó con una rama del cafeto en sus manos.

Esto no fue todo. Al pasar cerca de las costas de tunecinas, una banda de corsarios intentó atacar la nave para saquearla. Luego, ya en mar abierto, una furiosa tempestad estuvo a punto de hundir la embarcación.

Cuando comenzó a escasear el agua fresca, el capitán se racionó su suministro. De Clieu, consciente de que sin hidratación la planta moriría, decidió reservar para así sólo un tercio del líquido asignado y utilizar la cantidad restante para regar la planta.

Al llegar a Martinica, trasplantó el pequeño arbusto en un terreno de su propiedad y tuvo que rodearlo con plantas espinosas para evitar que se lo robaran.

En corto tiempo, ese único cafeto se multiplicó, gracias a que De Clieu empezó a repartir y regalar semillas y plántulas entre la población local, como manera de ayudarles a soportar la pérdida de sus cultivos de café por cuenta de tenebrosas tormentas e inundaciones.

De Martinica se enviaron plantas y semillas a Surinam y a otras islas antillanas, lo mismo que a otras comunidades costeras.

Puede decirse que de ese cafeto se derivaron casi todos los cultivos posteriores en Haití, República Dominicana, México, Cuba, Centroamérica y el norte de Suramérica.

La llegada del café a Brasil tampoco estuvo exenta de idilio. 

Un militar enamorado

El militar De Melo Palheta se la jugó para llevar el café a Brasil. Aquí el amor también tuvo su parte.

En 1727, Francisco de Melo Palheta, un militar de confianza en los círculos coloniales portugueses asentados en Brasil, recibió el encargo de mediar en un altercado diplomático entre las autoridades de la Guayana Francesa y la Guayana Holandesa, que para entonces se habían convertido en productoras de café, con plantas y semillas provenientes de sus colonias de África y el Océano Índico.

Además de la misión diplomática, De Melo se había propuesto solicitarle al gobernador francés que le permitiera llevar semillas y plantas de café a Brasil. Por tratarse de un producto agrícola estratégico, su petición fue negada.

Atractivo y conversador, De Melo conquistó a la esposa del gobernador francés. Fue ella quien puso un paquete con unas semillas en el ramillete de flores con el que despidió a su adorado Francisco.

De Melo sembró las semillas en la provincia Para, su lugar de origen, y de allí comenzó a avanzar a otros estados y a complementar despachos de semillas y plantas desde Goa, colonia portuguesa de la India. En cuestión de pocas décadas, Brasil se convirtió en el primer productor de café del mundo. Gracias al amor.